Freud, psicología y sexualidad

dibujo de Sigmund Freud

 

Mientras hoy continúa el debate sobre la validez del modelo de la estructura del psiquismo propuesta por Freud y eminentes científicos se esfuerzan por dotar de correlatos neuronales a las instancias del Ello, el Yo y el Super Yo, el eco de su contribución inicial a la crítica de la represión sexual y a la aceptación del placer sexual,aún merece toda atención.

 

El mundo de la psicología conmemoró el pasado 6 de mayo los 150 años del nacimiento de Sigmund Freud, uno de los grandes pioneros de la psicología contemporánea. Según el mismo creador del psicoanálisis su obra, extensa y compleja, comprende una teoría del psiquismo, un método para investigarlo y una técnica psicoterapéutica. Este comentario se refiere sólo a uno de los hilos conductores de sus teorías: la relación entre la mente y la sexualidad humanas.

Dos aspectos del contexto histórico en el cual Freud inició su exploración del psiquismo y su relación con la sexualidad son relevantes: el incipiente conocimiento científico de la neurofisiología cerebral y la moral sexual predominante. El concepto de neurona, fundamental en el estudio del sistema nervioso fue acuñado en 1891, apenas 4 años antes que Freud publicara “Estudios sobre la histeria” (escrito juntamente con Joseph Breuer), el texto que definiría el rumbo conceptual de la teoría psicoanalítica.

Prevalecía a su vez en Europa la moral victoriana nacida del imperio británico y con ella la creencia de que había dos tipos de mujeres: prostitutas y esposas. Mientras las primeras abundaban en los numerosos prostíbulos de las grandes ciudades europeas como Londres y Viena, las esposas, para quienes la satisfacción sexual estaba socialmente reprimida, presentaban toda clase de reacciones psicosomáticas denominadas “histerias” por los médicos de la época.

El interés del joven Freud por el estudio de lo que denominaría el “aparato psíquico” se definió mientras estudiaba medicina en la Universidad de Viena bajo la dirección del neurofisiólogo Ernst Brucke y luego cuando trabajó con el psiquiatra Theodor Meynert, un entusiasta defensor de la teoría de que a todo problema mental le correspondía una localización cerebral. Por su parte, la idea de la sexualidad como fuente de energía, motivación y conflicto en el psiquismo emergió con claridad al observar los efectos perturbadores de los eventos sexuales reprimidos en las mujeres “histéricas” tratadas con hipnosis por Jean Martin Charcot en el hospital de la Salpetriere en París.

Paradójicamente, mientras escribía sus “Estudios sobre la histeria”, Freud también redactó un borrador con el título: “Proyecto para una psicología científica” en el cual abordaba el estudio de la mente como producto de la actividad cerebral. En una decisión que implicó el continuar desarrollando la teoría psicoanalítica sin un fundamento en el sistema nervioso, Freud archivó el borrador de su “proyecto” y sólo publicó el libro escrito con Breuer.

 

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Como magníficamente lo recreara John Houston en su película Freud (1962), la respuesta de la sociedad vienesa y en particular del cuerpo médico fue de escándalo y completo rechazo a los postulados freudianos de la sexualidad infantil y a la formulación de que eventos traumáticos de la niñez, tales como el abuso sexual, constituían el origen inconsciente de las neurosis y la histeria. Freud y Breuer, sin proponérselo, habían tocado un nervio vital de la ideología burguesa. Los estudios sobre la histeria ponían de presente que la privación de una vida sexual placentera propugnada por la moral victoriana, al menos para las mujeres “decentes”, no podía imponerse sin causarles severos trastornos mentales. Igualmente, los casos clínicos analizados por Freud y Breuer descubrían una dolorosa realidad que aun hoy subsiste: la del abuso sexual perpetrado generalmente por hombres maleducados sexualmente en una sociedad que negaba el disfrute del placer tanto a sus esposas de las clases pudientes como a las mujeres pobres, quienes sin más alternativa que prostituirse no logran alcanzar el mismo goce momentáneo de sus múltiples clientes.

En sus posteriores libros, desde “La interpretación de los sueños” publicado en 1899 hasta “Esquema del psicoanálisis” escrito poco antes de su muerte en 1939, Freud desarrolló y reelaboró sus teorías psicológicas, su método de investigación y sus técnicas terapéuticas. En ese proceso, replanteó el que abusos sexuales reales fueran la causa de las histerias para argumentar que se trataba en su lugar de meras fantasías infantiles de abuso sexual; identificó sexualidad normal con coito procreador, y con la frase contundente de: “la anatomía es el destino” (Tótem y Tabú, 1912) “racionalizó”, es decir justificó el machismo y la sociedad patriarcal al caracterizar la sexualidad y el psiquismo femeninos en términos de carencias y limitaciones frente a la poderosa masculinidad.

Freud terminó por considerar la sublimación (el encauzamiento de la energía y el deseo sexuales hacia actividades socialmente aceptables como el trabajo, la religión y la ciencia) como el motor fundamental de la civilización. Al explicar no sólo el desarrollo de la psicología del individuo sino también el desarrollo de la sociedad en términos de motivaciones y sublimaciones sexuales, el fundador del psicoanálisis desestimó la determinación económica de la vida social. Y al asociar causalmente el desarrollo psicosexual normal con la función reproductora de la sexualidad, Freud contribuyó a afianzar una concepción que considera ‘anormales” actividades sexuales que se pueden entender como normales, simplemente si se acepta la función placentera de la sexualidad.

En este sentido, el estudio de la sexualidad desde la segunda mitad del siglo XX ha tomado distancia de los postulados freudianos.

Mientras hoy continúa el debate sobre la validez del modelo de la estructura del psiquismo propuesta por Freud y eminentes científicos se esfuerzan por dotar de correlatos neuronales a las instancias del Ello, el Yo y el Super Yo, el eco de su contribución inicial a la crítica de la represión sexual y a la aceptación del placer sexual (por supuesto en el marco de relaciones consénsuales y responsables) aún merece toda atención. Especialmente cuando la ideología del nuevo imperio hipócritamente promueve la abstinencia sexual y condena la prostitución y el tráfico sexual a la vez que mercantiliza todas las expresiones de la sexualidad y el único empleo que ofrece en abundancia es el de “trabajador sexual”.

 
Este articulo fue publicado originalmente ne la edición N° 40 de la revista deslinde en 3 de julio, 2006.