La incertidumbre de la pandemia

Bernardo useche a

 

En primer lugar, si tuviera que seleccionarse sólo una de las dimensiones psicológicas problemáticas causadas por la pandemia, seguramente habría un acuerdo mayoritario entre los expertos que esa condición es la “incertidumbre” (Altman, 2016).

 

Las pandemias son un fenómeno biológico y social complejo con un gran impacto en la salud física y el bienestar emocional y psicológico de las personas y las poblaciones.  Las pandemias y la actual pandemia del COVID-19 no es una excepción, tienen antecedentes históricos, económicos y socioculturales y a su vez, producen crisis económicas nacionales y globales de gran magnitud.

El control eficaz o no, de la pandemia y de la economía conduce, consolida o acelera las tendencias de realineamiento geopolítico global en curso. 

Estamos prontos a cumplir un año de identificado en la República Popular China, el brote de COVID-19 causado biológicamente por la transmisión entre humanos de un nuevo Beta coronavirus, el SARS CoV-2, cuyo genoma es diferente del que causara la pandemia del SARS en el año 2003 pero que es muy similar al de un coronavirus que tiene como huésped natural a los murciélagos, desde donde todo parece indicar, se transmitió a una especie intermediaria en contacto con la cual se infectaron los primeros seres humanos.

La alta transmisibilidad de este virus, el no contar las personas y las comunidades con inmunidad contra este agente infeccioso, y la no disponibilidad todavía de vacunas ni de antivirales eficaces ha resultado en que, al día de ayer 13 noviembre, se hayan registrado 52.775.271 casos confirmados y 1.293.106 muertes en el mundo y en Colombia 1´182.697 casos confirmados y 33.669 fallecimientos.

La secuenciación de los virus aislados en personas infectadas en diversos países ha permitido identificar mutaciones y la consecuente circulación en la población, de diferentes genotipos o cepas del virus. lo anterior permite pronosticar que se necesitarán varias vacunas y que el COVID-19 permanecerá por años, reapareciendo periódicamente como ocurre con los virus de la influenza.

El único país que ha logrado hasta ahora un control exitoso de la pandemia ha sido China. En este contexto y habiendo dejado claro, la complejidad socioeconómica, cultural y política de la pandemia y que, por lo tanto, no se la puede entender únicamente como el fenómeno biológico de la diseminación de un virus por los rincones del planeta se debe precisar porqué el equilibrio psicológico y el bienestar mental de las personas y de las poblaciones es un asunto fundamental para el abordaje, control y superación de la pandemia.

 En primer lugar, si tuviera que seleccionarse sólo una de las dimensiones psicológicas problemáticas causadas por la pandemia, seguramente habría un acuerdo mayoritario entre los expertos que esa condición es la “incertidumbre” (Altman, 2016).

La incertidumbre que desestabiliza los patrones de comportamiento que soportan los equilibrios emocionales y en particular, la incertidumbre que de aparecer como un entorno disruptivo transitorio, con la pandemia se convierte en rutina cotidiana y se suma amenazante a las incertidumbres existenciales propias de cada etapa del desarrollo o del ciclo de vida en que se encuentra la persona y a las angustias que emanan de las inequidades originadas en la determinación socioeconómica del diario vivir de familias y comunidades. Incertidumbre que se traduce en preguntas y temores concretos que son motivo de consulta.

 En la práctica, y no únicamente desde la salud sino también desde la economía puesto que personas con problemas mentales no son productivas y su atención es muy costosa, se hace necesario preservar y promover el bienestar psicológico en tiempos de pandemia, así como es mandatorio prevenir y atender el distress y el impacto psicológico negativo.

A medida que se presentan los resultados de los estudios sobre el impacto psicológico del COVID-19, la evidencia es contundente: Maxime Taquet, PhD y colaboradores publicaron el pasado 9 de noviembre en The Lancet los resultados del seguimiento entre enero y agosto del 2020 a una cohorte de 69 millones de personas en Estados Unidos, de las cuales 62.354 habían sido diagnosticadas con COVID-19.

Los resultados: una (1) de cada 5 personas con diagnóstico de COVID 19 (18.1%) fueron diagnosticadas con un trastorno psiquiátrico (trastorno de ansiedad, depresión, insomnio, demencia) como secuela en el período siguiente entre 14 y 90 días. A la vez, encontraron que un diagnóstico psiquiátrico en el año anterior estaba asociado con una mayor incidencia de diagnóstico de COVID-19. El estudio no controló por estrato socioeconómico y advierte que esta variable puede tener un posible efecto no medido.

En Colombia, si la situación de salud mental de sus habitantes ya era precaria y con tendencia a empeorar en los años hasta el 2019, en el 2020 con la pandemia se ha agravado.

El único indicador que en los primeros meses disminuyó con respecto al año anterior fue el de suicidios consumados. Sin embargo, la literatura científica indica que esto es común que ocurra temporalmente en los inicios de las pandemias y en períodos de confinamiento, lo cual se explica con la hipótesis que en cuarentenas obligatorias la convivencia con las familias es un factor protector transitorio de la conducta suicida.

En investigación que realizamos con la Universidad Autónoma de Barcelona con un enfoque de determinantes sociales de la salud y con una muestra de 18.061 ciudadana(o)s de los 32 departamentos del país, los resultados muestran que hay un efecto diferencial por grupos poblacionales y que el grupo más afectado con síntomas de depresión, ansiedad y somatización es el de las mujeres de 18 a 29 años de bajos ingresos económicos.

La responsabilidad de atender esta situación de salud pública recae en primera instancia en el Estado. El 28 de mayo pasado, el Colegio Colombiano de Psicólogos hizo un pronunciamiento dirigido al presidente de la República y al Ministro de Salud reclamando la elaboración y puesta en marcha de una estrategia integral para preservar la salud mental de la población, así como la financiación apropiada de programas nacionales de prevención, atención y promoción de la salud mental.

Semanas antes, el Colegio había presentado una propuesta en ese sentido que estaba orientada a materializar la política nacional de salud mental en estos tiempos de pandemia, propuesta la cual no fue tenida en cuenta.

Es inaceptable, la inveterada costumbre de los gobiernos de formular políticas públicas que nunca se implementan. Hoy está demostrado que las pandemias no afectan a todos los habitantes por igual, sino que se presentan gradientes sociales y los estratos socioeconómicos más pobres sufren en mayor proporción.

Medidas como la renta básica, implementadas por los gobiernos de muchos países para garantizar un mínimo de sobrevivencia y seguridad emocional a las comunidades más necesitadas y evitar la exposición innecesaria de los grupos vulnerables, no han sido adoptadas en Colombia.

El autocuidado de la población juega un papel importante, pero este no podrá extenderse a nivel poblacional, si desde el gobierno no se implementan campañas de comunicación masivas dirigidas a educar y modificar el comportamiento y las actitudes que impiden la adopción sistemática de las medidas no farmacológicas de contención, mitigación y supresión de la pandemia.

Los médicos salubristas y los profesionales formados y entrenados en salud pública y en la prevención y atención de los problemas y trastornos de la salud mental, especialmente los psicólogos y psiquiatras, encuentran enormes barreras en el sistema de salud.

La situación es tan absurda que, en lugar de eliminar esas barreras e itinerarios burocráticos para enfrentar la pandemia, el gobierno tramita actualmente en el Congreso de la República el Proyecto de Ley 010, que, no obstante, la retórica con que se sustenta, por su naturaleza y articulado está destinado a profundizar los impedimentos y las inequidades en salud y en especial, las inequidades en acceso a salud mental que hoy existen con la Ley 100 de 1993.

Por esta razón, en las audiencias públicas en el Senado de la República y en La Cámara de Representantes hemos dejado nuestra moción de rechazo a dicho proyecto de Ley.

Al mismo tiempo estamos apoyando un Proyecto de Ley mediante el cual se crea una Dirección de Salud Mental como parte de la estructura administrativa del Ministerio de Salud, hasta ahora inexistente. Situación que simboliza muy bien la importancia que le otorga el gobierno nacional a la salud mental.

Finalmente, y haciendo un esfuerzo de síntesis, enumero nueve (9) claves psicológicas que permiten entender y actuar para preservar el equilibrio psicológico individual y colectivo:

 

1

Integralidad de la salud: Es importante entender que la salud mental hace parte de la salud física. El dualismo cuerpo mente no existe. Por esa razón, el fundamento de una buena salud mental es el mismo de una buena salud física: la satisfacción de las necesidades básicas, una buena nutrición, el ejercicio físico, el dormir bien, las actividades al aire libre y el contacto con la naturaleza, una red de amigos a distintos niveles así no sea muy extensa; una vida sexual satisfactoria.

 

2

Un equilibrio Inestable: Conceptualmente, se podría decir que la salud mental es el equilibrio inestable y dinámico, (una relativa armonía), entre nuestro cerebro y psiquismo (pensamientos, emociones, conductas) con la realidad exterior, la naturaleza y la sociedad. Especialmente la salud mental requiere de un equilibrio en nuestras relaciones interpersonales.

 

3

Desigualdad social: La salud mental está determinada socialmente por las condiciones de vida, los ingresos, el acceso a servicios de salud, la oportunidad de combinar el trabajo con la actividad física y la recreación. A mayor desigualdad económica y social en un país, mayor precariedad en la salud mental de la población.

 

4

Ciclo de vida: La salud mental requiere condiciones específicas en correspondencia con las etapas del desarrollo psicológico y las fases del ciclo de vida en que se encuentre la persona.  De tal manera, la salud mental de los niños exige atender las características propias del período infantil (el juego, los apegos saludables, el ejercicio de la motricidad, la primera socialización, y demás…)  y de modo similar la salud mental en la adolescencia, la adultez joven, la adultez y la vejez.

 

5

Emociones y salud mental: Las emociones son en primera instancia, reacciones neuro-psico-fisiológicas reflejas o automáticas, son reacciones naturales o normales ante nuestro contacto con la realidad que causan impacto en nuestros pensamientos y en nuestra conducta. Por esta razón los psicólogos insistieron que con la llegada de la pandemia es “normal” sentir miedo, stress o tristeza. Estas emociones son la manera como reaccionamos ante la realidad de la incertidumbre del contagio, del futuro, ante la interrupción de los hábitos y patrones de comportamiento. Reprimir las emociones no es saludable y facilita la aparición y arraigo de diversos problemas mentales.

 

6

Inteligencia emocional: Hay diversos enfoques para manejar los desequilibrios emocionales. Uno de los más importantes es el propuesto por el Centro de Inteligencia Emocional de la Universidad de Yale, el cual parte de que la inteligencia emocional es la habilidad para Reconocer, Entender, Etiquetar (identificar o denominar), Expresar y Regular las emociones (RULER por las iniciales en inglés).

 

7

La libertad es la consciencia de la necesidad: Mucha de la ansiedad y la depresión proviene de la frustración de querer hacer lo que se quiere y tener que enfrentarse a la dura realidad que lo impide. Ser libre consiste en aceptar la realidad y conscientemente hacer lo necesario y posible para transformarla.

 

8

Mindfulness: La investigación experimental y neuropsicológica ha demostrado que los principios filosóficos del Budismo Zen adaptados en lo que hoy se conoce como Mindfulness proporcionan herramientas útiles (el “darse cuenta”, el “aquí y el ahora” la “empatía” y la “compasión” entre otros) para el control emocional y la salud mental

 

9

Androginia psicológica: La cultura machista asigna roles diferenciales a hombres y mujeres en cuanto a la libertad emocional, lo que se define perfectamente en la expresión: “los hombres no lloran”. Por el contrario, los estudios de Sandra Bem demostraron que, a mayor androginia, es decir a mayor expresión de las emociones con las personas y en el contexto apropiado y sin que importe el sexo o el género, mayor salud mental.

 

Este artículo lo presenté como ponencia en la conferencia “Bienestar mental en tiempos de pandemia” Organizada por la Maestría en desarrollo Humano de la Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca, el 14 de noviembre de 2020