Luis Flórez y la formación de los psicólogos en la Universidad Nacional de los años 1970

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En memoria del Doctor Luis Flórez Alarcón

Su constante interés por aplicar el conocimiento psicológico para el beneficio de individuos y comunidades, motivado por su compromiso político con la equidad y la justicia social. Su enfoque alegre y extrovertido dejó una huella indeleble en su incansable labor docente, lo que explica el profundo pesar que su partida ha causado.

No fue coincidencia que el funeral de Luis Flórez Alarcón fuera acompañado con genuina tristeza por la plana mayor de la psicología en Colombia; estuvieron presentes psicólogos latinoamericanos y muchos de quienes fueron sus estudiantes. “Lucho”, como lo llamamos los amigos, durante casi medio siglo de vida académica, contribuyó, difundió y promovió la psicología de la salud, incluida la descuidada salud en el ámbito escolar.

Dos rasgos de su personalidad ayudan a comprender el sentimiento de pérdida generado por su fallecimiento: el interés permanente por que el conocimiento psicológico tuviera aplicación en beneficio de personas y comunidades, actitud derivada del interés político por la equidad y la justicia social, y un temperamento alegre y extrovertido que impregnó su incansable labor docente, aún después de la indeleble y dolorosa huella que dejó en él y en Omaira la pérdida de su hija en un accidente.

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Como psicólogo, se formó en la universidad pública. Realizó su pregrado con nosotros en la Universidad Nacional de Colombia (UN), y tanto la maestría en Análisis Experimental del Comportamiento (AEC) como el doctorado en Psicología Experimental los estudió en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Su sentido del humor y personalidad provenían de unos padres cartageneros cultos y afectuosos que bailaban cumbia con vela encendida en la mano y cuidaban de los compañeros de “Luchito” que visitábamos su casa.

Estudiamos en la Universidad Nacional entre 1969 y 1975, un período excepcional por muchas razones. La agitación política en procura de la autonomía universitaria fue permanente, y al mismo tiempo, las marchas y asambleas que caracterizaron el movimiento estudiantil de 1971 se sucedían sin fin, mientras que el debate y la profundización académica no daban tregua.

Ningún tema nos era ajeno. Una noche hubo un panel sobre el problema de la causalidad en la ciencia donde cruzaron sables nuestro profesor de lógica matemática, Carlo Federici, y Rubén Ardila, nuestro profesor de historia de la ciencia y la problemática psicológica. Recuerdo salir con Lucho de la discusión académica, caminar a través del “Jardín de Freud” entre exaltados y confusos, preguntándonos si algún día podríamos alcanzar plena comprensión de problemas de la ciencia y la epistemología de tamaña complejidad.

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Los distintos sistemas psicológicos eran el alma de las discusiones, y se formaban bandos irreconciliables. El enfrentamiento más radical se presentaba entre conductismo y psicoanálisis, pero todos los enfoques eran objeto de estudio y controversia: la entonces emergente psicología genética de Piaget, la neuropsicología soviética, la psicología humanista de Perls…

Indudablemente, el campo del “conductismo” lo lideraba Rubén, recién llegado con su título de PhD en psicología experimental de la Universidad de Nebraska. Su influencia fue decisiva para el avance del modelo psicológico de Skinner y del Análisis Experimental del Comportamiento en América Latina. Lucho pronto se enlistó en estas filas.

El interés por la medición en psicología y por los métodos cuantitativos de investigación era sembrado y cultivado por Flor Alba Cano de Becerra en sus cursos de estadística y psicometría. Llena de sabiduría y emocionalidad, Flor Alba defendía el rigor de los métodos cuantitativos en los que había sido formada bajo la dirección del médico y psicólogo José Rodríguez, entre otros pioneros. Paradójicamente, años más tarde, Flor Alba evolucionaría en su pensamiento hacia el psicoanálisis de Carl Gustav Jung.

En la orilla del psicoanálisis, sobresalía Esther Wasserman de Zachmann, nacida en Rumania y una de las primeras psicólogas graduadas en la UN. Con ella, estudiamos con atención las obras de Freud siguiendo la extensa biografía del fundador del psicoanálisis escrita por Ernest Jones durante los prolongados cierres de la universidad. En sus clases nos adentramos en las interpretaciones jungianas de pruebas proyectivas, entre ellas el test de Rorschach.

Florence Thomas, profesora de psicología social que llegó de Francia enamorada de un colombiano para convertirse en uno de los pilares del feminismo en nuestro país, insistía en los estereotipos de género que a diario presentaban los medios y que reinaban en la publicidad y las telenovelas.

Necesariamente, las discusiones sobre los enfoques o sistemas psicológicos trascendían el nivel conceptual para confrontar la validez científica que reclamaban, lo cual llevaba al terreno de la epistemología. A la clarificación del objeto y el método de la psicología y de las relaciones entre el sujeto que investiga y el objeto investigado; que en el caso de la psicología es también un sujeto.

Estas discusiones generaban más preguntas que respuestas y que, por la fuerza de la agitación política que se vivió en ese período, se asociaban a las indagaciones sobre la relación entre ciencia e ideología, que intentábamos resolver en grupos de estudio, en trabajos escritos, y en periódicos estudiantiles como “Quorum”; actividades en las que Lucho participó activamente.

¿Es el conductismo un reino del empirismo positivista limitado para explicar la complejidad de la psique? ¿Está el psicoanálisis prisionero de la metafísica Kantiana? ¿Son válidos los modelos matemáticos para explicar los diferentes tipos de pensamiento? ¿Es la estadística solo una técnica de recolección y análisis de los datos? ¿Tiene validez científica la “terapia gestalt fundamentada en la filosofía budista”? ¿Es la investigación sobre el cerebro dividido (que le merecería años más tarde el premio nobel de medicina al psicólogo Roger Sperry) un ejemplo de reduccionismo biológico de los fenómenos psíquicos?

Fueron años en los que los psicólogos empezamos a identificar a los psiquiatras más con el diagnóstico clínico que diferenciaba neurosis de psicosis y con el tratamiento medicamentoso que con el psicoanálisis, como era la tradición. En ese sentido (expresión común en los discursos de los líderes universitarios), el Dr. César Constaín, a pesar de haber sido formado en las teorías y técnicas psicoanalíticas, jugó un rol preponderante con sus cursos de psicopatología y psicofarmacología.

Irreverentes y atrevidos como éramos, habíamos aceptado con Lucho el reto académico de presentar en clase de Rubén la obra de Iván Pavlov. Al quedarnos cortos de recursos bibliográficos, acudimos al Dr. Constaín que, para nuestra sorpresa, nos facilitó textos originales del ganador en 1904 del premio Nobel de Medicina por sus trabajos sobre los reflejos condicionados. Nos encerramos a estudiar durante días, lo suficiente para iniciar nuestra presentación con una cita de uno de los miércoles pavlovianos y para sustentar el concepto de lenguaje como un segundo sistema de señales.

Constaín era además apreciado porque, junto con el capellán de la universidad, nunca dejó de visitar y llevar mantas y comida a los estudiantes que durante las marchas eran apresados y conducidos a la Cárcel Distrital.

La estructura académica de la UN en esos días y el plan de estudios recientemente aprobado permitían que aprendiéramos de excelentes profesores de otros Departamentos. Entre ellos:

Carlo Federici que en cada clase de lógica generaba todo tipo de cuestionamientos y sustentaba sus argumentos sobre Einstein y los agujeros negros, atiborrando el enorme tablero de notas y ecuaciones. Yu Takeuchi, físico que vino de Japón en un intercambio y se quedó en el UN el resto de su vida enseñando matemáticas, nos enfrentó al cálculo integral a la par con los estudiantes de ingeniería respaldado en publicaciones artesanales de su autoría.

El antropólogo Milcíades Chávez, tan apasionado por explicarnos la evolución de los homínidos que terminamos por llamarlo “australopithecus nariñensis”, nos introdujo también en la lectura de los “Orígenes de la Civilización” de Gordon Childe y en la apreciación de la cultura y la realidad de las etnias en Colombia. El inolvidable y genial Hugo Laverde, biólogo investigador de las ostras de agua dulce, nos enseñó las leyes de Mendel y las bases de la genética moderna (si se cruza un tiburón de ojos azules con…).

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También tuvimos compañeros fuera de serie. Basta decir que, igual se protestaba en las calles, que se traducían del francés las obras de Piaget, o se estandarizaba el Inventario Multifacético de Personalidad de Minnesota (MMPI). Lucho se destacó durante estos años de formación para luego tener una carrera académica y profesional distinguida. En 2018, Colciencias lo reconoció como Investigador Emérito por sus contribuciones a la Psicología de la Salud.

En 1976, siendo Decano de Psicología de la hoy Universidad de Manizales, invité a Lucho a que se vinculara al equipo de profesores. Hoy, 47 años después, sus estudiantes de entonces lo recuerdan enseñando conductismo, sus leyes del aprendizaje y su aplicación en el Análisis Conductual Aplicado, las áreas de su interés académico que lo llevaron en 1978 a México a cursar sus estudios de posgrado.

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