Embarazo y maternidad en niñas y adolescentes

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Nota: Este articulo fue publicado oficialmente el  11 de abril de 2022 en el portal mascolombia.com

Reducir al máximo las inequidades económicas y sociales, implementar programas nacionales efectivos de educación sexual, hacer realidad la prestación de servicios de salud sexual y reproductiva a la población adolescente, son todas, condiciones necesarias para abordar el problema.

 

En el año 2020, la tasa de fecundidad adolescente en Japón, Suiza, Holanda y Suecia fue menor a 7 nacimientos por cada mil mujeres entre 15-19 años. El promedio de esta tasa en los países de la OCDE fue mucho mayor: 21.56 y en Colombia fue mucho más alta:  66.3. En nuestro país, la situación es tan grave, que en el último año aumentaron de manera alarmante los nacimientos no solo en adolescentes, sino en niñas menores de 14 años (Ver gráficos 1 y 2), una tragedia que solo se presenta en países con economías y sociedades sumidas en profundas crisis. El embarazo en adolescentes y la consecuente maternidad temprana, al igual que la mortalidad materna y otros indicadores de salud pública, son indicadores del desarrollo y de las desigualdades económicas y sociales.

 

No es una coincidencia que hace ya una década, un estudio del Banco Mundial sobre el embarazo adolescente en América Latina concluyera “…que la pobreza y la falta de oportunidades son factores clave asociados a la maternidad temprana”. En Colombia, según los datos disponibles actualmente, el porcentaje de niñas y adolescentes embarazadas o que ya han sido madres es 6 veces mayor entre quienes viven en condiciones de extrema pobreza, en comparación con las adolescentes del quintil de la población de mayor riqueza. Esto significa que la solución a esta compleja situación, comienza por aceptar que es imperativo reducir las desigualdades económicas y sociales en que se incuba el embarazo adolescente y garantizar que las niñas y adolescentes madres o gestantes tengan condiciones económicas que les permitan continuar su escolaridad.   

Entre otras muchas realidades directamente asociadas con el inaceptable número de embarazos y nacimientos en niñas y adolescentes, se encuentran las barreras para acceder a educación sexual integral. Este tipo de educación sexual se caracteriza por atenerse al conocimiento científico sobre la sexualidad adolescente. En este período del desarrollo, a la par con la madurez biológica que hace posible la función reproductora, emerge de manera consciente el interés por el placer sexual, motivando que adolescentes y jóvenes se inicien en una diversidad de actividades sexuales. En consecuencia, la educación sexual no puede limitarse a proponer la abstinencia, toda vez que no menos del 50% de la población mundial adolescente se inicia en el coito vaginal antes de cumplir los 18 años. Colombia se encuentra entre los pocos países en que durante los años 1994 a 2018, en lugar de disminuir, el porcentaje de mujeres que “perdieron su virginidad” antes de los 15 años, aumentó progresivamente. 

No solo en lo que a la maternidad temprana se refiere, una educación sexual apropiada a los tiempos modernos brilla por su ausencia. Aunque desde 1993, el Ministerio de Educación promulgó un Plan Nacional de Educación Sexual, a diario ocurren situaciones de riesgo para la salud totalmente prevenibles con información y pedagogía sexuales adecuadas. Mientras escribo esta columna, los medios y las redes sociales dedican tiempo a la noticia sobre el grupo de adolescentes escolarizados que ingirieron Viagra. 

No obstante haber expedido el Ministerio de Salud una Política Nacional de Sexualidad, Derechos Sexuales y Derechos Reproductivos y que en teoría el sistema de salud garantiza el acceso a los servicios de salud sexual, en el 2021, de una población de mujeres entre 15 y 19 años de aproximadamente dos millones, únicamente cerca de 100.000 recibieron atención en servicios de planificación familiar. 

En suma, reducir al máximo las inequidades económicas y sociales, implementar programas nacionales efectivos de educación sexual, hacer realidad la prestación de servicios de salud sexual y reproductiva a la población adolescente, son todas, condiciones necesarias para abordar el problema. Del trabajo de investigadoras feministas y de académicos estudiosos de la maternidad temprana, se infiere también la necesidad de campañas masivas de educación para evitar se continúe estigmatizando a las adolescentes madres o gestantes, algo común en nuestra cultura. Y que mucho menos, se les pretenda hacer responsables por decisiones individuales sobre su conducta sexual que encuentran explicación en los determinantes económicos, sociales y culturales aquí descritos.